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Control de esfínteres: Lo que necesitas saber.


El control de esfínteres es un proceso conductual que se adquiere en la etapa infantil, en torno a los 2 y 3 años, suponiendo esta adquisición de capacidad una oportunidad para ganar más autonomía e independencia. Estas condiciones de autonomía, higiene y autogestión son realmente útiles tanto para niños como para las familias, ya que implica un mayor grado de libertad para ambos y un paso más en el desarrollo de la independencia y el autocuidado.



Pese a que el control de esfínteres es un proceso natural que termina adquiriéndose tarde o temprano, es cierto que puede resultar un proceso algo frustrante y lento, ya que las expectativas que tenemos sobre la “facilidad” o naturalidad de su adquisición así como el deseo de que acontezca ese desarrollo hacen que nuestra paciencia quede en un segundo plano. Cabe destacar que cada persona es un mundo y cada niño tiene un ritmo de desarrollo diferente, por este motivo, aunque otros niños cercanos al entorno de nuestros hijos y de edades similares adquieran el control de esfínteres, no es justo compararlo con el desarrollo de las capacidades de control de esfínteres de nuestro hijo, ya que cada persona tiene su ritmo.


A nivel biológico, controlar la conducta para la defecación o la orina implica a un entramado fisiológico que recluta a diferentes circuitos neuronales, músculos y capacidades cognitivas. Aunque pueda parecer un proceso básico, realmente es un proceso complejo que requiere de tiempo y oportunidad para adquirir dichas habilidades, ya que de la misma forma que no nacemos sabiendo hablar, escribir o silbar, tampoco nacemos sabiendo controlar los órganos que participan en el proceso excretor, es algo que debe adquirirse, es decir, aprenderse. Por norma general, entre los 18 y los 24 meses de edad los músculos y el conglomerado nervioso implicados en el control de esfínteres presentan un nivel de madurez neurológica adecuada para adquirir el control voluntario de esfínteres, finalizando la maduración en torno a los 4 años y quedando la misma consolidada a los 8 años. En cuanto al orden de adquisición, primero se controla la capacidad de defecación, ya que supone un proceso más fácil de identificar que la micción, la cual se controla más tarde.


Aunque el proceso de control de esfínteres se termina adquiriendo, ¿Cómo podemos facilitar que nuestro hijo adquiera esta habilidad?

Tranquilidad


Para ello es muy importante que el ambiente en el que se desarrolle el control de esfínteres sea un entorno tranquilo y distendido, carente de tensión y estresores, ya que el exceso de ruidos, el estrés que podemos transmitir a nuestros hijos, las prisas constantes y la presión por querer que se adquiera el control de esfínteres hace que el nivel de activación de nuestro hijo aumente, lo que fomenta la contracción de los músculos a nivel global y no permita una adecuada adquisición de la conducta de orinar o defecar.


Comprensión


Es de especial relevancia hacer uso de la comprensión y la empatía. Nuestro hijo no sabe controlar sus esfínteres, por ese motivo debemos comprender que si se le escapa pipí o caca, no lo hace intencionadamente ni tampoco es que no se esfuerce en conseguirlo. Hay que tener en cuenta que todo niño busca desarrollarse y mejorar, adquirir habilidades y hacer que su papá y su mamá se sientan orgullosos de sus logros. En este punto es importante evitar ser excesivamente insistente, regañarle por lo que hace o compararle con sus iguales que sí controlan sus esfínteres. Por supuesto, queda descartado por completo hacer referencia a su falta de adquisición de control de forma inadecuada, como decir “qué meón eres”, “¿Otra vez te has hecho pis?”, “No gano para pañales”, “Como sigamos así, no nos va a quedar ropa que ponerte”… Este tipo de afirmaciones que pueden parecer bromas o comentarios sin más, realmente hacen que nuestro hijo se sienta culpable y puede establecer una relación con el control de esfínteres ansiosa, por lo que es recomendable evitarlas. Debemos afrontar “los escapes” con naturalidad y neutralidad, asumiendo que es algo que no puede evitar y tarde o temprano, desaparecerán.


Confianza y paciencia


Como antes mencionaba, cada persona es un mundo, por este motivo hay que tener en cuenta que cada niño tiene su ritmo de desarrollo, el cual deberemos asumir y respetar, no debemos forzar ni exigir, ya que lejos de ayudar a la adquisición del proceso, estaremos bloqueando el progreso que tanto esperamos.


Refuerzo y estimulación:


Si bien el castigo, el rechazo o los comentarios negativos nunca son una opción adecuada para el control de esfínteres (ni para la gestión de otras situaciones), el refuerzo y la estimulación son dos herramientas de gran utilidad para ayudar a que nuestro hijo adquiera las capacidades de control de esfínteres.


Cuando nuestro hijo sea capaz de aguantar por un largo periodo, de avisar cuando tiene ganas de hacer pis, de acercarse al baño cuando tiene ganas de defecar o bien cuando se alegra porque no ha mojado pañal, nosotros como principales responsables de su educación debemos reforzar esas conductas adecuadas. En este sentido, reforzar no supone premiar con un objeto físico, como un juguete o una chuche, ya que estos refuerzos no son sostenibles ni mucho menos eficaces. El mero hecho de comunicar nuestra satisfacción, cariño y alegría a nuestro hijo es más poderoso que cualquier premio material que podamos darle. Además, el mero hecho de ver que el retrete contiene el pipí o la caca que ha conseguido expulsar “como un niño mayor” es un estímulo que en sí es bastante reforzante y supone una consecuencia que resulta muy estimulante para el niño. Unas palabras sinceras y amables, refiriéndonos a la conducta que deseamos que se repita en un futuro, son suficientes y realmente eficaces.

Además podremos darle alguna pauta a nuestro hijo para que cuando tenga ganas de hacer pipí o caca nos avise para ir al baño, ya que es el cuarto de la casa destinado para ello, de la misma forma que en el dormitorio se duerme y en la cocina se come. Cada lugar tiene su función.


Rutina:


De la misma forma que tenemos una rutina para comer, ir al trabajo o la escuela, atender a nuestras responsabilidades y también a nuestras necesidades, debemos mantener una rutina para nuestra higiene personal. En este sentido, una rutina estable cotidiana facilitará que exista una mejor sincronía en el ritmo de las deposiciones y micciones, en este sentido, desayunar, comer, merendar y cenar a la misma hora es un aspecto fundamental que ayuda mucho a que el organismo de nuestro hijo se sincronice con las rutinas del día a día. Como adultos, nada más despertarnos vamos al baño a orinar, posteriormente en el día tenemos ciertos espacios en el trabajo, cuando llegamos a casa, después de comer, por la tarde, antes de dormir… que siempre, de manera consistente y cotidiana suponen una oportunidad para ir al baño, ya que nos coordinamos con las rutinas cotidianas. En el caso de los niños, esta rutina también ayuda a que exista una tendencia por parte de su sistema biológico para que puedan tener esa oportunidad de orinar o defecar en los momentos que su organismo “se espera”. Por este motivo es importante que se establezcan ritmos para llevar a nuestro hijo a baño cada cierto intervalo de tiempo que posteriormente iremos aumentando conforme adquiera el control de esfínteres.




¿Qué necesita el cerebro infantil para poder empezar a controlar los esfínteres?

Maduración neuromuscular:


Este requisito es lo primero, ya que si no existe una maduración neuromuscular suficiente, es imposible que el niño adquiera la habilidad de control de esfínteres, por este motivo es importante ser paciente y respetar el ritmo biológico de desarrollo de nuestro hijo.


Estado psicoafectivo favorable:


Es importante que las necesidades afectivas de nuestro hijo estén cubiertas. En este sentido, es importante conocer bien a nuestro hijo, identificar preocupaciones, necesidades e inquietudes y ofrecer dosis de cariños sin límite, con el objetivo de que nuestro hijo mantenga sus necesidades de afecto y cariño cubiertas. En muchas ocasiones los niños pequeños, al no disponer de recursos de comunicación verbal suficientes, manifiestan conductualmente su tristeza, ira, rechazo u otros sentimientos desagradables. Lejos de ignorarlos, debemos identificarlos, atenderlos y comunicarnos de forma sincera y empática con nuestro hijo para ayudarle a comprender sus emociones y atender sus necesidades.


Conocer su cuerpo:


El niño debe tener conocimientos básicos sobre su cuerpo, conocer las áreas implicadas en la micción y la defecación, así como diferenciar entre estados: seco, mojado, relajado y tenso. Debe comprender qué es la caca y el pipí, así como conocer las sensaciones al estar mojado o sucio y qué supone, así como estar limpio y lo que implica, ya que esto le ayudará a entender que debe mantenerse limpio y evitar mojarse y ensuciarse.


Poder llevar a cabo instrucciones básicas:


Como “ven”, “espera”, “aguanta”, bajarse el pantalón o subírselo y también que sea capaz de imitar nuestra conducta y gestos.


Palabras calve:


En el control de esfínteres existen palabras clave que el niño debe diferenciar consistentemente, estas son (entre otras): Pipí, caca, pañal, pantalón, retrete o váter, limpio, sucio, mojado y seco.

Modelos: El niño debe tener una referencia para que pueda adquirir el comportamiento de ir al baño, en este sentido, mamá, papá, hermano, hermana, abuelo, abuela o cualquier otro componente de la familia puede hacer de modelo para que el niño sepa cómo debe hacerlo y dónde. Existen también dibujos animados y cuentos que pueden apoyar el proceso de adquisición conductual de micción y defecación.


Señales:


Este es un trabajo mutuo entre adulto y niño, ya que por un lado, el adulto debe identificar las señales verbales y no verbales del niño que suponen ganas de hacer pipí o caca y también enseñarle al niño señales o palabras cuando éste tenga ganas e ir al baño para poder asistirle cuando tenga ganas. Ante una señal no verbal, como por ejemplo, dejar de jugar y cruzar las piernas, podemos preguntarle si se hace pipí o caca para que de esta manera aprenda a identificar las señales y podamos tener un margen de actuación para llevarlo al baño.


Vale, si el cerebro y el organismo de mi hijo/a cumple todos los requisitos expuestos, toda la familia y escuela está implicada en la adquisición del control de esfínteres, seguimos las pautas y el entorno es adecuado pero aun así no vemos resultados… ¿Qué ocurre?

Esta es una pregunta muy común y que realmente no tiene una única respuesta, ya que cada persona, cada familia y cada situación es un mundo, por lo que tampoco podemos establecer una sola causa determinante. No obstante, podemos tener en cuenta las causas más comunes que interfieren con la adquisición de esta habilidad.


Estados emocionales:


Las emociones son potentes factores que influyen en diferentes comportamientos, cabe destacar que aunque las emociones se generen en el cerebro, éstas se manifiestan en el cuerpo. De esta manera, la ansiedad influye mucho en la tensión muscular, el nivel de activación, la frecuencia cardíaca y por supuesto, en los procesos excretores, pudiendo llegar a producir en los casos más extremos estreñimiento o diarrea, aumento de la frecuencia de micción o distensión abdominal. En la vida cotidiana el estrés está presente forma inevitable, por este motivo es importante evitar transmitir en la medida de lo posible, este estrés a nuestros hijos, ya que son “esponjas emocionales”, por lo que es importante ofrecerles siempre que sea posible, una comunicación sosegada y calmada y favorecer estados emocionales adecuados.



Desarrollo neurológico poco maduro:


En algunos casos, las prisas, las ganas de que se adquieran las habilidades de control de esfínteres y el miedo a que no se consiga facilitan que se adelante la retirada de pañales, suponiendo una situación a evitar, ya que si las capacidades neurofisiológicas no están suficientemente desarrolladas, no podemos esperar que se den las conductas correspondientes. Paciencia y respeto de los ritmos de desarrollo, todo llega.

Alteraciones fisiológicas: Son las menos comunes y suelen ser puntuales. Un ejemplo pueden ser las infecciones de orina, la inhibición del reflejo de micción o un exceso de activación muscular que impide excretar orina o heces.


Factores nutricionales:


El déficit de hidratación puede provocar una disminución de la necesidad de orinar, por lo que es importante incluir cantidades suficientes de agua en el día a día de nuestro hijo. De la misma forma, es importante asegurar un adecuado aporte de fibra proveniente de la dieta, con el objetivo de que las defecaciones puedan acontecer regularmente. En cuanto a la hidratación, lo conveniente es desde los 12 meses hasta los 10 años de edad beber en torno a un litro y medio diario (de 4 a 6 vasos), aunque cada niño tiene sus propias necesidades y también depende mucho el nivel de actividad física diaria y las condiciones del entorno, como humedad, temperatura o época del año. En cuanto a la fibra, es complicado “calcular” diariamente los gramos de fibra que se ingieren, por lo que es mejor tener en cuenta las fuentes de ésta. En este sentido, verduras, frutas y legumbres son excelentes fuentes de fibra, destacando que las frutas almacenan su fibra en la piel y la pulpa, por lo que es más aconsejable comer una naranja en lugar de un zumo.



Interacciones conductuales inadecuadas:


El exceso de castigos, las referencias negativas a no conseguir los logros que esperamos y la presión hace que el hecho de ir al baño se convierta en un reto cargado de expectativas, incertidumbre y tensión. Por este motivo es muy importante evitar regañar, poner malas caras, tener una actitud negativa o hablar de la falta de control de nuestro hijo a otras personas delante de él. Es mejor usar sólo el refuerzo y las referencias positivas, ya que su cerebro prestará atención a éstas y favorecerá a la adquisición del control.




Hasta aquí el primer post sobre control de esfínteres, ahora ya sabes qué factores están implicados en el proceso de adquisición de control de esfínteres, qué es necesario para que acontezca, qué necesitamos saber para gestionar la adquisición de esta habilidad, así como qué hacer y qué no hacer en este proceso.



En la siguiente entrada te ofreceré un programa para llevar a cabo en casa con el objetivo de establecer una rutina que facilite la adquisición del control de esfínteres de forma gradual y segura.


Mucha paciencia y mucho ánimo.

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