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Deja de castigar y empieza a educar para ver resultados.

Muchos son los papás y las mamás que se han criado en un ambiente en el que la infancia ha estado caracterizada por momentos de juego, de descubrimiento, tardes en familia y felicidad, aunque también de momentos menos agradables como los castigos.


Los castigos son un recurso ampliamente utilizado por muchos papás y mamás para educar a sus hijos. Aunque la intención es buena y el objetivo es mejorar el comportamiento de sus hijos, realmente el efecto de los mismos no es el deseado, de hecho, paradójicamente, pueden llegar a generar todo el efecto contrario al que deseamos conseguir, es decir que los castigos pueden no sólo no mejorar la conducta de nuestros hijos, sino también empeorarla.


Un castigo es la aplicación de un condición contextual que una figura de autoridad ejerce sobre otra persona. La aplicación del castigo va precedida de un comportamiento que no es deseado y además, el castigo tiene un carácter punitivo, es decir, que busca generar un impacto emocional en la persona castigada con el objetivo de que el comportamiento no deseado deje de repetirse en el futuro.



Aunque pueda parecer que los castigos son eficaces, realmente no lo son. Pueden ser "socorridos" en el sentido de que a corto plazo generan un alto impacto en la conducta no deseada limitándola, pero realmente a medio y sobre todo a largo plazo, el castigo no sólo no mejora la conducta, sino que tiende a empeorarla. Si nuestro hijo está en un restaurante jugando con un vaso y lo tira rompiéndose en mil pedazos y le castigamos, seguramente ese mismo día ese comportamiento no vuelva a aparecer, pero realmente, en el cerebro de nuestro hijo se desarrolla una serie de procesos cognitivos y emocionales que dificultan un aprendizaje funcional. El castigo en el caso del ejemplo, puede acontecer de diversas formas:


- Castigo físico: Un castigo físico es aquél que tiene el objetivo de infligir dolor para disminuir la conducta no deseada. El castigo físico, aunque pueda parecer en algunas ocasiones útil debido a que la conducta no deseada cesa, realmente es una medida que siempre se debe evitar, ya que a medio y largo plazo no es una buena estrategia, puesto que en futuras ocasiones el niño esperará al castigo físico para cesar la conducta no deseada, lo que puede provocar que el castigo cada vez sea más intenso y que a su vez, el comportamiento sea peor. Por otra parte, el castigo físico , a parte de generar dolor, también aumenta la sensación de inseguridad y miedo, daña la autoestima, el autoconcepto y deteriora el vínculo entre padre, madre e hijo/a. Además, cuando el niño castigado físicamente sea testigo de un mal comportamiento, una situación injusta o cualquier situación que considera que debe ser regulada, tenderá a utilizar el castigo físico con sus iguales, algo que afecta significativamente a las interacciones sociales, merma las habilidades sociales entre iguales y reduce el vínculo con los demás, tendiendo a generar aislamiento y rechazo por parte del resto de iguales.


-Castigo verbal: Este tipo de castigo se basa en generar malestar mediante el grito o las palabras desagradables. En este sentido, gritar, amenazar e imponer miedo no sólo no mejora el comportamiento del niño, sino que también tiende a resultar un modelo que reproducirá en un futuro cuando el niño crezca y quiera imponer sus deseos de forma autoritaria y brusca. Este tipo de castigos además, al igual que en el caso del castigo físico, empeora el autoconcepto, el autoestima y deteriora las habilidades sociales y el respeto hacia los demás.


-Castigo contextual: La gran mayoría de personas alguna vez hemos escuchado "¡A tu cuarto!" cuando hemos hecho alguna trastada, producto de nuestra fortuita curiosidad infantil. Este tipo de castigos también lo vemos reflejado en por ejemplo, el rincón de pensar, la silla vacía o el tiempo fuera, entre otros. Estos castigos no son eficaces ya que son incompletos y están sujetos a muchos factores difíciles de controlar, puesto que si dejamos al niño en un lugar, por ejemplo el cuarto, con el objetivo de que aprenda a que ese comportamiento no es el deseado, lejos de interiorizar ese aprendizaje puede alimentar su inevitable curiosidad mediante el juego con algún juguete o elemento del cuarto, o bien entretenerse por sí mismo (su cerebro está diseñado para jugar, explorar, aprender y reexperimentar lo aprendido haciendo uso de su inagotable imaginación). Además, este tipo de castigos genera sensación de abandono y rechazo, lo que afecta a la seguridad y el vínculo entre el adulto y el niño, afectando a su vez a la autoestima y provocando sensación de soledad, culpabilidad y miedo.



Como hemos visto, aunque existen diferentes tipos de castigos, todos ellos tienen factores en común: son ineficaces a medio y largo plazo, no son sostenibles en el tiempo, afectan el autoconcepto, la autoestima y la seguridad del afectado, buscan generar un impacto emocional, debido al carácter punitivo inherente al castigo y además, lejos de mejorar la conducta, puede llegar a potenciar los malos comportamientos.

¿Cómo es posible que un castigo pueda "alimentar" malos comportamientos?

Para entender cómo los castigos pueden aumentar la probabilidad de que aparezcan malos comportamientos hay que tener en cuenta un factor clave: la atención de papá y mamá, el oro de sus hijos/as.


Todos hemos llegado a este mundo en las mismas condiciones, sin saber absolutamente nada, desconociendo el mundo que nos rodea y sobre todo, indefensos y "vacíos" de conocimiento y habilidades. Aunque a nivel evolutivo pueda parecer algo desadaptativo y sin sentido, realmente es necesario, ya que el ser humano necesita adquirir en sus primeros años de vida una gran cantidad de habilidades y conocimientos que durante miles de años el ser humano ha conseguido transmitir mediante la cultura. Por este motivo, un ser humano no es considerado adulto, es decir, totalmente independiente hasta los 18 años, ya que debe adquirir conocimientos y habilidades para poder valerse por sí sólo en la sociedad. Pero en cambio, si tomamos como ejemplo a un cervatillo recién nacido, tras haber pasado unos minutos es capaz de ponerse en pie, dar sus primeros pasos y comenzar a explorar su entorno, poco tiempo después llega ser independiente y por supuesto, no necesita 18 años para aprender a serlo. Por este motivo, los niños pequeños necesitan a su papá y su mamá para sobrevivir, sentirse seguros y atendidos. Comprendiendo esta naturaleza del ser humano, es fácil entender que nuestro hijo quiere el premio más reforzante y valioso del universo: La atención de su papá y su mamá.


Entendiendo el papel crucial que juega la atención del adulto, si castigamos a nuestro hijo señalando la conducta que no queramos que repita, su cerebro aprenderá a que mediante la conducta negativa consigue lo más valioso, la atención de su papá y su mamá, ya que es mucho peor para un hijo ser ignorado que castigado, ya que al menos en el proceso de castigo existe sensación de sentirse atendido, aunque realmente no es un proceso adaptativo.


Por este motivo es más útil, sostenible y eficaz atender a las conductas positivas y que queremos que se repitan en un futuro, ya que de esta manera nuestro hijo/a focalizará la atención en aquellas conductas que su papá y su mamá atienden.


Para obtener mejores resultados en la conducta de tu hijo/a presta atención a aquellos comportamientos adecuados, refuerza verbalmente su conducta cuando sea adecuada.
!Qué bien, me encanta cómo has ayudado a papá a recoger tus juguetes, campeona!

En lugar de castigar existen alternativas más sostenibles, útiles y eficaces, que no sólo disminuyen la posibilidad de que aparezca la conducta no deseada, sino que además mejora el comportamiento del niño, el autoestima, la confianza, la seguridad, el apego familiar y el autoconcepto.


Cuando se impone un castigo el objetivo es ofrecer un aprendizaje a la persona castigada, aunque realmente en el castigo ese aprendizaje queda en un segundo plano y no es un proceso eficaz. En cambio, existen alternativas que mejoran el aprendizaje que buscamos transmitir y tiene una proyección a largo plazo mucho más consistente.


- Educar: Ser cercano, cariñoso y sobre todo, comprensivo, nos ayudará a comprender qué motivó la conducta de nuestro hijo, por qué llevó a cabo esa trastada y cómo se siente al respecto. En la gran mayoría de casos cuando un niño no se comporta bien se debe a que tomó una mala decisión, no pudo controlarse o bien fue producto de su desconocimiento o confusión. Por este motivo es importante tener en cuenta el origen de la conducta negativa, ya que nos ayudará a comprender mejor a nuestro hijo y saber comunicarnos con él de forma empática y razonable, será clave para que aprenda a gestionar las situaciones en las que comete algún error, es importante tener presente que el objetivo es educar, no castigar.


- Rol: El rol juega un papel crucial en el comportamiento que desarrollamos, ya que la identidad depende de lo que hacemos. Cuando nos presentamos a alguien decimos nuestro nombre y a qué nos dedicamos o bien qué hemos estudiado o qué aficiones solemos tener, ya que lo que nos identifica es lo que hacemos normalmente. Por este motivo, es importante crear un rol en nuestro hijo que sea acorde a lo que deseamos. Si le contamos a todo el mundo que nuestro hijo es bueno, ayuda en casa, es responsable y cariñoso, terminará siendo lo que nosotros pregonamos de él, ya que interiorizará el concepto que nosotros consideramos de valor al mencionarlo a los demás. La próxima vez que te pases por el supermercado y te pregunten en la caja por tu hijo/a, aprovecha para resaltar sus bondades, ya verás que escucha con atención y posteriormente lo asumirá y actuará en consecuencia.


Para ver el poder tan enorme que tiene las etiquetas y el rol que asumimos, te aconsejo ver este vídeo.

- Normas: Si existe algo que nos ayuda a convivir en sociedad de forma ordenada y sostenible son las normas, las cuales dictaminan qué comportamientos son aceptados y cuales no y además, las consecuencias correspondientes a cada uno. Si conducimos el coche a 150 km/h sabemos de sobra que podemos ser multados con una sanción económica y además podemos perder puntos del carnet. Es algo que conocemos de antemano y sabemos las consecuencias de nuestro comportamiento, por este motivo evitamos estas conductas. Las normas, aunque limiten nuestro comportamiento nos ayudan a vivir en sociedad y a desarrollar un estilo de vida saludable y sostenible. Por este motivo es importante establecer normas en casa, ya que los límites son un gesto igual de cariñoso que un beso o un abrazo.


Para establecer normas es importante que nuestros hijos estén presentes cuando se establezcan y se pueden establecer normas en casa en común. Por ejemplo, un día en casa sentarnos en el salón con una cartulina y escribir las normas que se seguirán en casa para poder disfrutar en familia y convivir de forma sostenible. Cabe destacar que estas normas deben de cumplirse adecuadamente y siempre, de forma consistente. Así mismo, el incumplimiento de una norma tiene una consecuencia, la cual no es un castigo, ya que se ha consensuado de antemano la norma. Por otra parte, el cumplimiento de las normas tiene también una consecuencia, en este caso positiva. Si existe una norma que es no pintar en la pared y nuestro hijo la incumple aún conociéndola, la consecuencia se deberá aplicar inevitablemente, por ejemplo, limpiar la pared y dejar de pintar durante un tiempo. En cambio, si la norma establece que se puede pintar en un folio, la consecuencia será la atención y el cariño de papá y mamá quienes se interesarán por el dibujo y participarán en el mismo.


El establecimiento de normas es aconsejable aplicarlo en torno a los 3 años, ya que es el momento en el que el cerebro infantil comienza a desarrollar neuronas que participan en procesos de autocontrol, lo que implica la regulación de la conducta, que posibilita el cumplimiento de normas, aunque es recomendable establecer desde un inicio límites, por ejemplo, comer siempre en la cocina, no pegarle a los demás, ducharnos todos los días o recoger después de jugar.


Es importante tener en cuenta que los límites deben aplicarse con tranquilidad, de forma consistente, por parte de todos los miembros de la familia, de forma segura, con confianza y desde un primer momento, incluso antes de que la conducta no deseada aparezca.


Espero que estas pautas te sirvan de ayuda para construir junto a tu hijo/a una autoestima sólida, una seguridad inquebrantable y un vínculo familiar cálido y sincero.



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